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Ceibo

La Flor del Ceibo fue declarada “Flor Nacional" en Argentina y en Uruguay.

EL CEIBO (“Leyendas argentinas, de Inés Márquez”, 1957. Compaginación de Victoria Mabel Romero, Museo Histórico Regional Ichoalay, Resistencia, Chaco)

"Ya florecen los ceibos... y, en las costas del Paraná, parecen borbotones pregonando el sacrificio de una india que – lo dice la leyenda- se ofreció en aras de la libertad. Bello holocausto de princesa india. Era hija de un cacique. Tenía la bravura heredada de su estirpe... y los guerreros la llamaban cariñosamente “Anahí”: Malita.. Si, era brava Anahí...
Un día se enfrentaron el acero español y la flecha guaraní. El león de Castilla y el yaguareté de las costas del Paraná estaban frente a frente. Todo parecía impregnado de una inquietud expectante...
Hasta los pájaros desde sus nidos contemplaban la escena; el sol ponía color y brillo en los aceros... y el agua rumorosa entonaba, con la fuerza de la corriente, una marcha guerrera con acentos de profecía...
De pronto, el cacique dobló la testa poblada de sudor... y una mancha roja... bien roja, parecía fatídica llamarada en el pecho del guerrero guaraní.
El poniente se teñía a la distancia con tintes de agonía; y... mientras los hombres de la tribu huían en dolorosa derrota por la muerte de su jefe... el español tornaba al barco... pero esta vez la victoria dejaba en él un sabor amargo... muy amargo: en la costa había caído un valiente.
Anahí no huyó... ; Anahí palpó la herida fresca del indómito padre. Y... una fuerza loca... fuerza selvática de virginal fiereza en que florecía su raza, la obligó a erguirse.
Los vientos llevaron su grito de guerra... y las huestes convocadas acudieron al combate.
El testimonio de la luna que se asomaba curiosa reemplazó al ardiente testigo que se ocultó de prisa. Anahí cayó prisionera... y la oscura bodega del barco fue su calabozo.
Ella... Ella..., en el oscuro calabozo sin ver el sol..., sin contemplar la luna..., sin mirar la tierra... sin gritar sus derechos!

Uno tras otro los lebreles y carceleros fueron cayendo. Anahí parecía una débil mujer... Pero era una cachorra de tigre americano... heredera de una estirpe que no quería entregarse.
Ya había caído el tercer centinela en vergonzoso y oscuro combate allá en la bodega del barco español... y, la ira del capitán no tuvo límites. Esa rebelde merecía la hoguera.
La leña colocada al pie de un árbol ribereño... y sobre los leños: Anahí, fuertemente atada al tronco...

Ya subían las lenguas de fuego envolviéndola toda... y el tronco amigo pareció suspirar hondo... muy hondo. El corazón del árbol hospedó a la bella muchacha a quien los españoles vieron desaparecer.
Poco después, en las ramas del árbol generoso, brotaron flores rojas... bien rojas que agitadas por el viento parecían desgranarse en arengas.
Es Anahí que, año tras año, sigue gritando a todas las generaciones, que nunca es más bello el precio de la sangre que cuando se vierte en defensa de la libertad.

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